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(18/06/2010)
La Economía de la Reciprocidad en el Modelo MATE

La Economía de la Reciprocidad en el Modelo MATE
Antes de introducirnos en las particularidades del modelo MATE, que en resumen no es otra cosa que un espacio de encuentro de dos culturas y un ejercicio respetuoso de la interculturalidad, resulta necesario establecer tres premisas fundamentales:
En esta palestra estaremos hablando de una CULTURA QUE ESTÁ VIVA Y PRESENTE EN EL IGUAZÚ, y aún más allá de nuestra región TRINACIONAL, y decir que tal vez no debería ser yo quien hablara aquí de sus costumbres sino ellos mismos, ya que en más de 500 años, nuestros pueblos originarios no fueron escuchados, en especial los nativos de la floresta, y por lo tanto no han sido comprendidos en aspecto alguno.
En segundo lugar, debemos admitir, como ya lo advertía Moisés Bertoni hace noventa años, en su obra La Civilización Guaraní, que hemos tratado a los originales de América con histórica antipatía. Y que, cuando se habla de mestizaje, o de culturas mestizas -como la nuestra- el autor afirma que en “esa antipatía hemos llevado la incomprensión hasta los límites del odio”, como ha ocurrido, agrego hoy a la reflexión de Bertoni, en las dictaduras y en cierta medida aún acontece en tiempos democráticos, negando sus derechos a los pueblos indígenas, considerándolos inferiores e, incluso, ignorando su existencia.
Debe decirse que esta indiferencia o esta soberbia social de las culturas dominantes –en su presunción de ser superiores- ha llevado a guerras genocidas y a la exclusión, no sólo a grupos étnicos aborígenes sino a los negros, a los mulatos y muchos otros hermanos, tanto de América como del mundo entero. Ha postergado a la mujer, de manera tan injusta, que hoy nuestros gobiernos deben gastar millones para demostrarnos que ellas y nosotros –nosotros y ellas- tenemos los mismos derechos y acceso a las oportunidades. Hasta este increíble punto hemos llegado.
En nuestro caso, agreguemos que esta histórica “maldición de Malinche”, como la llaman los mexicanos, nos ha hecho perder, en gran medida y en muchos aspectos, uno de los más preciosos tesoros que debiéramos haber ambicionado, la cultura de la selva y la propia selva guaraní, como garantía de esa sustentabilidad que hoy pretendemos mostrar como una búsqueda científica –y por qué no decirlo, comercial turística- en esta sala de exposición.
Pensemos sólo que es posible que, más allá de la ciencia moderna, parte de la clave en este camino hacia lo sostenible esté en la sabiduría ancestral de nuestras culturas originarias. Pensemos en el diálogo y la tolerancia que siempre les hemos negado. Tal vez si los hubiésemos escuchado, digo tal vez, nuestros negocios, débiles actualmente por los vaivenes de las políticas y las incidencias de la economía globalizada, serían perdurables y garantizados por muchas generaciones, si es que no surge otra cultura que en el futuro desembarque para destruir la nuestra.
La tercera premisa, es considerar que, cuando se habla de Nación Guaraní, en realidad se está hablando de numerosos pueblos y grupos lingüísticos que antiguamente poblaron gran parte del territorio americano, desde el Caribe (Karai-ve) hasta el Río de la Plata. Y que por lo tanto, no puede considerarse que lo expuesto en esta Mesa pertenezca exclusivamente a uno de estos grupos sino que se trata de conceptos cohesionados en el camino de la experiencia, en el afán de comprensión y en la seguridad de que un reencuentro con la Gran Nación Guaraní nos enriquecerá a todos los que bregamos por convivir en esta amenazada selva del Iguazú.
La Real Academia Española señala que dar de gracia supone un “don o favor que se hace sin merecimiento particular; una concesión gratuita”. Pero si a la gratuidad se le suma el carácter de reciproco, es decir el dar en “correspondencia mutua de una persona o cosa con otra” estamos frente a lo que el antropólogo jesuita Bartomeu Meliá llama “gratuidad recíproca” (\"El don, la venganza y otras formas de economía guaraní\"), o un poco más allá en el tiempo, el sabio científico Moisés Bertoni definió como “comunismo individualista”, que es nada menos que el “jopói” (yopói), un antiguo sistema económico de la Nación Guarani. Este pueblo de la selva ha resistido hasta nuestros días manteniendo intactas gran parte de sus costumbres y tradiciones, en especial las que tienen que ver con su espiritualidad, a la que consideran como su mayor riqueza. Encontrar un camino de desarrollo social y económico que reconozca la “economía solidaria” del jopói es el desafío más grande para cualquier propuesta de inclusión responsable y sostenible en las actuales condiciones de vida de las comunidades de esta etnia originaria. La interacción con la industria turística y la aparición del dinero en la organización, son factores de elevada complejidad, ya que agregan un carácter capitalista al esquema de gratuidad tradicional.
El Modelo MATE ha desarrollado en la Comunidad Yyryapu* -sonido de agua- perteneciente a la etnia Mbya Guarani, un proyecto de educación intercultural vinculado con el turismo cultural. A partir de consultas y acuerdos con la comunidad y aprovechando que ya contaba con una incipiente actividad turística propia, se acordó con sus representantes organizar y desarrollar módulos interculturales y culturales que les permitan construir herramientas para autogestionar su actividad turística y negociar en un plano de equidad con las agencias y operadores turísticos de manera de concretar negociaciones justas, así como generar estrategias para fortalecer su identidad cultural. Como respuesta a estas necesidades se creó el Centro Intercultural Bilingüe Mbya Guarani “Clemencia González – Jachuka Yvapoty”, conocida en la región del Iguazú como la Escuelita de la Selva, que ha sido reconocida oficialmente por el Ministerio de Educación de la Provincia de Misiones (Res. 205/08) así como también se reconoció hace dos años a sus dos maestros tradicionales indígenas.
Paralelamente, a medida que se desarrollan las capacitaciones orientadas hacia el turismo cultural indígena se trabaja en la organización de este servicio. Para ello está en formación, con su personería jurídica en trámite (Expediente 1.628/09), la Fundación MATE. Ésta es una organización intercultural, o si la quieren llamar mixta, constituida en forma mayoritaria por indígenas de la comunidad que tendrá a su cargo la conformación de una empresa indígena de turismo cultural.
El patrimonio natural y cultural, incluido el conocimiento, son bienes comunes de la Nación Indígena, y los beneficios obtenidos deberán alcanzar de manera justa a todas las familias locales, mejorando su calidad de vida.
“La economía de la reciprocidad”
El considerar al conocimiento un bien comunitario, así como a todo aquello que pertenece al patrimonio de un pueblo, deja implícito el deber de compartirlo. Compartir solidariamente la sabiduría, el conocimiento, al igual que distribuir de manera justa los frutos de un árbol que es de todos, o los recursos generados por el ejercicio responsable del turismo cultural como actividad económica, son criterios que marcan un buen punto de partida para considerar al jopói como el sistema que habrá de perfeccionarse –y si se me permite la palabra, actualizarse- para que, junto a estas comunidades, pueda llevarse a cabo con éxito su inserción en el mercado laboral o empresario con el menor impacto cultural.
Ya es tarde para rasgarse las vestiduras hablando de “impacto cero”, o cuestionando a los proyectos que proponen la inclusión responsable de los pueblos de la selva en la vida moderna. Quienes sostienen que se debe dejar en paz a los pueblos indígenas para que vivan como hace doscientos años, desconocen la historia o es muy grande el negocio que hacen con el asistencialismo paternalista. O lo que es aun peor, jamás han consultado a sus líderes, que están ansiosos por brindar bienestar a las familias en las actuales condiciones del entorno social.
Rescato, para fortalecer estos conceptos, lo escrito por el sabio científico Moisés Bertoni, hace casi un siglo. Es destacable que Bertoni vivió muchos años entre los indios guaraníes de nuestra región del Iguazú.
Dice el autor: << Los pueblos guaraníes han sabido resolver el difícil problema de ser comunistas sin ningún gobierno que impusiera la distribución de los bienes >> En la organización social de los guaraníes no existe la obligación. El hombre, y hasta cierto punto la mujer, y todos los miembros de la colectividad son libres y pueden disponer plenamente de su voluntad. No existen imposiciones con la fuerza, ni directa ni indirecta. No obstante el comunismo puro, la voluntad individual es completamente respetada. Se trabaja en común y se aprovecha en común del producto del trabajo, estrechamente siguiendo las reglas proclamadas de los liberales comunistas europeos del siglo XIX << cada uno según su fuerza y a cada uno según su necesidad >> << El comunismo guaraní, como organización política, es completamente democrático, fundamentalmente igualitario y exclusivamente basado sobre el principio de los derechos de los individuos, limitados de aquellos del prójimo o de la comunidad >>. En otras palabras, este pueblo ha sabido traducir una bella teoría en realidad : << Aquello que fue o es todavía una utopía en los pueblos mas civilizados, pero desgraciadamente sucumbidos del egoísmo personal , se ha realizado en un hecho real en pueblos más modestos gracias a dos virtudes, o sea, el sentimiento altruista y la dignidad personal >>
En su trabajo APRENDIZAJE RECÍPROCO EN TIERRAS DEL “JOPÓI”, Nélida Lastenia Wall, Rita Bulffe, Myriam Rosana Duarte, Lucía Alcain, Elsa Paulowski, Carina Spinozzi y Alejandra Romero, de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Misiones explican qué es el JOPÓI y, a mi humilde juicio, lo colocan en el plano de economía de la solidaridad.
Según este trabajo “León CADOGAN (1950), en una publicación realizada por la Universidad de San Pablo, recoge el término “jopói” con el sentido de “dar de comer, convidar; pescar”.
MELIA, B y TEMPLE, D. (2004), adoptan la acepción de reciprocidad, y sostienen que “jopói” es el modo de ser guaraní. Este puede observarse en los modos de relación y de producción que emplean, denominados “potirõ” y “pepy”. El “potirõ” refiere trabajo en común. Ciertas actividades solamente son realizadas en colaboración. “Potirõ\" (poner manos a la obra) deriva de \"po\" y su etimología sería \"todas las manos\". El \"pepy\" es la expresión que refiere más a la reunión de fuerzas físicas. Tanto el “potirõ” como el “pepy” se estructuran en el “jopói”. El proceso de trabajo y de producción no sólo está condicionado, sino esencialmente determinado por su razón práctica económica. Sin reciprocidad no se entiende el trabajo. En última instancia, es la forma de reproducir el don y es historia social, memoria y futuro. Bartomeu MELIÀ afirma que, desde los trabajos de Bronislav MALINOWSKI y de Marcel MAUSS, sabemos que todas las sociedades humanas conocen la reciprocidad. Si bien inicialmente fue considerada una forma arcaica de intercambio, en la actualidad los investigadores rescatan el lugar relevante que adoptan el trabajo comunitario, el quehacer compartido, conjunto y solidario. Al distinguir lo primitivo de lo primordial, advierten estructuras de reciprocidad que en el pasado han tenido su expresión en las condiciones primitivas, y que se expresan en la actualidad independientemente de las mismas.
Mi compañero de trabajo –coordinador mbya del Modelo MATE- me señalaba que su pueblo aún practica esta forma de reciprocidad –el intercambio de dones- llamándola Mba`ea popy Ñemoirumba.
Lo dicho por el Sr. Franco lo avala la obra de Carlos MARTÍNEZ GAMBA, quien sostiene que el Jopói, la reciprocidad entendida como intercambio, persiste en el modo de ser de los Mbya guaraní contemporáneos. Pero aclara que la reciprocidad no se da con el blanco. Cada vez que el blanco ingresa a las aldeas, atenta contra este modo de ser. Especialmente cuando quiere “enseñar” sin hablar ni entender la lengua”.
Según mi propia experiencia, aunque coincido con lo expresado por el aludido Martínez Gamba, recientemente fallecido y con quien tuve la oportunidad de sostener largas aunque insuficientes charlas y compartir un recordado trabajo, debo decir que es posible avanzar en un mutuo reconocimiento colocando por sobre todo el respeto y acortando las distancias culturales, a medida que aumenta la comprensión -que también debe ser recíproca- en un espacio donde las lenguas también se encuentran. No es suficiente conocer la lengua del otro, sino, por sobre todo, como ya lo he vivido, evitar que ese conocimiento impulse la idea de imposición de una “cultura traducida” sobre otra desoída e ignorada.
En el diálogo intercultural que gobierna este tipo de procesos no existen los anacronismos. Cada información es vital, como dice Bertoni, para amar a partir de la comprensión. Y más si consideramos al conocimiento un bien. Para que un proyecto de desarrollo prospere y se encarne en ese nuevo espacio es preciso que todas las partes se encuentren en ese lugar común de amor y comprensión, construyendo el nuevo conocimiento, respetuosamente, desde los saberes ancestrales que el pueblo indígena desea compartir. Encontrando, como propone el modelo pedagógico MATE, un nuevo escenario de sentidos que permita la inserción justa de los pueblos originarios en el mercado laboral y empresarial, no sólo en el ámbito del turismo, sino en todas las actividades en que la sociedad que llamamos “blanca” estemos dispuestos también a compartir.
Existen experiencias que nos señalan que es posible concebir una nueva economía que comprenda a las primeras naciones de nuestro continente:
La economía de la reciprocidad tiene sus expresiones características en la cultura agraria de la provincia de Misiones, muchas de ellas heredades y compartidas con los campesinos brasileños y paraguayos y, notoriamente emparentadas con la ancestral economía guaraní. En el mismo trabajo,
Gabriela SCHIAVONI, estudia la frontera agraria de Misiones. Sostiene que las pequeñas explotaciones agrícolas de la provincia de Misiones desarrollan un mecanismo o sistema productivo llamado recíproco, también conocido como “ayutorio” “pucherón”, o “cambio de día”.”
Aunque hay divergencias en la legislación entre la Argentina, Brasil y Paraguay, respetando esas diferencias, podemos decir que en Argentina al menos están dadas muchas condiciones legales para sumar a los pueblos originarios en el camino del desarrollo. Existen derechos con rango constitucional consagrados en la Carta Magna nacional- convenios internacionales y otros instrumentos públicos que pueden ser aprovechados apropiadamente y que crean un marco propicio para las propuestas respetuosas. Pero muchas de estas declaraciones no están reglamentadas y lo que es peor no se procura la formación de los destinatarios de estas normas para que puedan utilizarlas en su beneficio.
Además, son insuficientes las manifestaciones de Responsabilidad Social que se observan en el empresariado.
Es necesario apelar a su conciencia y solicitar a los dirigentes políticos y legisladores municipales, provinciales y nacionales, que atiendan la urgencia de estos pueblos y arbitren todas la medidas que sean pertinentes para que su inclusión responsable y la reparación histórica tantas veces declamada pase a ser una realidad que nos libere a todos de este peso lamentable y cruel que coloca el pasado sobre la conciencia colectiva.
Quizá una mirada tolerante e inteligente nos permita concebir un nuevo criterio de responsabilidad social más comprensible para la sociedad moderna, es decir, dar en el sentido de gratuidad recíproca que regía la ancestral cultura guaraní. Buscar una ecuación económica sustentable que comprenda a nuestra gente de la selva, viendo, ante la destrucción de su antiguo hábitat, sus necesidades actuales y devolviendo así aunque sea un poco de lo tanto que se les ha arrebatado.
En nuestro caso particular, no olvidemos también que nuestras Cataratas del Iguazú y los parques nacionales que las abrigan, no son apenas un patrimonio natural de la humanidad sino que este estatus otorgado por la UNESCO lleva implícito el patrimonio cultural de esas selvas. Y no es necesario que les indique quienes representan la esencia de la cultura de nuestras florestas del Iguazú.
Para un pueblo eminentemente espiritual, entre quienes el “valor de utilidad” es el que rige el intercambio de bienes materiales, introducir otros conceptos de mercado es una tarea compleja pero no imposible. El valor del bienestar comunitario es para mí un concepto a desarrollar y un camino a seguir.
Las actuales generaciones tenemos una deuda enorme con los pueblos indígenas. La hemos ido acumulando desde los tiempos de la colonia. Pero, a mi criterio, la reparación histórica del daño infringido a las naciones originarias no pasa por la donación de dinero. Y no sólo la devolución de sus tierras les asegurará un futuro digno.
El ejemplo canadiense es aleccionador en este sentido.
Sin tener conciencia de ello, los guaraníes fueron los verdaderos pioneros de la hospitalidad. Aunque en aquellos tiempos nada se sabía de los conceptos modernos del turismo como “industria de la hospitalidad”, la bibliografía da cuenta de los grupos guaraníes como comunidades muy hospitalarias. Las crónicas de la conquista de lo que llamamos América describen la abundancia en la que vivían en esta cuenca del Paraná y la manera festiva en que compartían sus frutos y cosechas, incluso con el invasor a quien guiaron por sus propios caminos del Tapé ancestral sin saber que estaban sellando con sus gestos hospitalarios la suerte de decenas de millones de sus hermanos.
En aquellos pueblos reinaba la economía de la solidaridad, la reciprocidad como un modo de ser. Estaba en el espíritu del jopói el compartir aquella “divina abundancia”
El que en esta oportunidad sea yo quien lo diga, se fundamenta tan solo en la necesidad de ofrecer una mirada distinta de alguien que, tras varios años de acompañar al pueblo indígena, puede afirmar que América aún no ha sido descubierta y que las actuales generaciones tenemos una oportunidad única –y tal vez la última- de corregir el equivocado rumbo de la historia.
Claudio Salvador
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